jueves, 7 de febrero de 2013

Rafael Courtoisie y su poética escalera real




Para el montevideano Rafael Courtoisie el mes de febrero empezó con una noticia inmejorable: recibió el Premio honorífico José Lezama Lima (Poesía) que otorga Casa de las Américas. A sus cincuenta y pocos años, tamaño reconocimiento es un espaldarazo saludable a una propuesta estética que se propone (y logra) violentar los márgenes de la tradición, que introduce lúcidas reflexiones filosóficas transmutadas en extraños cuerpos que se apropian de cuanto haya a su alcance.
Courtoise llega al siglo XXI y no teme hacer uso de todo el arsenal simbólico que ha acumulado este pedazo de la historia -desde el montón de Anónimos, pasando por Shakespeare y Vallejo, hasta llegar a nuestra encrucijada actual-, logrando algunas de las asociaciones más efectivas que he tenido el placer de leer, resonancias de una hondura solo posible por un verdadero maestro de la cábala, recreador de esas cinco palabras que se guarda de revelarnos en su letra simple.
Literatura comprometida con la vida humana, esa que, según sus palabras, sin ese espacio sin límites que permite la literatura.sería infinitamente más pobre y austera que la vida de las amebas.

Poesía y caracol
            “La poesía es un caracol nocturno en un rectángulo de agua”. Estas palabras  húmedas, untuosas, lentas, provienen del poeta cubano José Lezama Lima.
            La imagen es convocada con harta frecuencia para explicar lo inexplicable, para dar cuenta de una extraña posesión. De tanto repetirlas el agua comienza a evaporarse y el caracol se fuga dentro de su misterio, se enquista.
            El rectángulo de agua queda seco.
            El caracol se va, desaparece.
            Si ese caracol nocturno llega a alguna parte es solamente a su centro, a su boca metafísica, que es desde donde partió.
            El caracol de la poesía, aunque se dirija a alguna parte en concreto, jamás se aleja de su lugar: el caparazón del universo.
            El caracol va al unísono con su saliva.
            Si es verdad que se trata del caracol nocturno en un rectángulo de agua, debe olvidarse por un momento al caracol, debe observarse la geometría líquida de la página de agua, su pátina abundante y plana sobre la superficie de todas las cosas.
            Es una página ambigua donde la mirada, sin el caracol oscuro, intenta escribir algo en vano, puesto que la misma sustancia abstracta del agua termina por borrar el rastro indeciso del caracol.
            Si se piensa el agua sin el caracol, lo que se piensa no es sonido, es nada más que una parte sin la forma.
            Son rocas del sentido, menudas partículas que cantan. Pedruscos que el caracol desliza y hace rodar a medida que avanza sin moverse, que se traslada en su sitio mediante la bizarra  cinética de su desempeño.
            Las motas, las esquirlas semánticas se hunden en el rectángulo de agua.
            Son sílabas mojadas, y nada más que tiempo.

El cuento claro
            Todos los objetos de este cuento son blancos: perlas hostias y pañuelos. Palabras de seda, sábanas de encaje, nubes. Sonidos blancos, como el sonido de la palabra
“leche”
como la espuma del mar, como la sal, como las cosquillas.
            Las cosquillas blancas y luminosas que hace una pluma, el color de la palabra dormir y el color de la palabra “antes”.
            Antes las novias se casaban de blanco, sus largos vestidos parecían espuma. Las novias parecían gaviotas. Iban a volar.
            En este cuento la sombra no tienen donde pararse, ni donde sentarse, ni donde acostarse. Está cansada la pobre, tirita, tiembla de miedo y de fatiga, pero se trata de un miedo lindo y de una fatiga blanca, clara, transparente, de un cansancio como de gotas de agua, de pulmones de gritos de alegría y de gritos de alma, gritos que se dan con el cuerpo, no con la boca, gritos que salen del río, de las nueces, gritos de avestruz, que grita de contenta, gritos del pelo de las abuelas que, como todo el mundo sabe es de seda blanca, gritos de amor sin amor sin sonido, sin una pizca, ni siquiera una puntita de oscuridad, gritos sin noche, donde todo es blanquísimo y alegre, en copos, en terrones, en cristales dulces, en pensamientos.
            Piensa en dos cosas al mismo tiempo: piensa en el otoño y en el azúcar.
            Las hojas de azúcar, las cucharadas de otoño dando vueltas, disueltas en el café con leche, dulces, invisibles en la boca.

Pirámides, manzanas
            Hacer un puente partiendo de la mitad exacta del río. Allí, suspendiendo la respiración sobre las aguas oscuras, colocar sobre el abismo el primer tramo que sostendrá la estructura. Apoyándose en el vacío construir hacia los lados con paciencia, con lentitud, como un funámbulo sin la cuerda, con fe, caminando simultáneamente hasta lograr posar los dos extremos en una tierra que nunca, jamás, será firme.
            Después, otros pasarán por el puente y creerán ver en él la servidumbre de ciertas leyes físicas, el efecto de una elocuente ingeniería, cuando en realidad se construyó sobre nada, usando nada y partiendo del sitio menos indicado: el centro.
            Con la respiración entrecortada, quienes conocen el secreto de la construcción saben que el mismo principio sostiene desde dentro las pirámides: Teotihuacán está construida sobre los mismos núcleos inasibles, inestables de poesía: posee centros confusos que inventan de lo deshecho su energía, su fuerza mística y permanente, esferas de escombro y tierra en medio de sus moles cubiertas con pieles de piedra, definitivamente blandas e inestables ante el avance de la erosión. Así, perpetuas.
            Esos centros de gravedad perduran disolviéndose. Están hechos de una pureza contaminada, inaudita, oscura y viviente. Como en la manzana arrancada y brillante que se exhibe con impudicia en las vitrinas refrigeradas de los supermercados, donde lo único verdaderamente vivo no es la fórmula exacta del colorante artificial, ni la armonía de las curvas que añadió la mutación transgénica, el fertilizante o los residuos órganofosforados, los huesos del nitrógeno que esparcen su brillo agrio y mortal, cancerígeno. Lo verdaderamente vivo, lo que late es el gusano diminuto que todavía alienta, la oruga que hiberna en el nudo de la fruta y acabará por comer la belleza desde dentro, dejando entera, flagrante, la cáscara de su vacío.
            El agujero en la realidad, la carne perforada de la fruta.
 Los poemas aquí presentados fueron tomados de la revista digital Círculo de Poesía

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