Nunca he matado a nadie de una forma directa, expresa, pero haber estado a punto de acabar con Alberto Juantorena
es una de las cosas más grandes que me han pasado. Ocurrió hace tres
años. Yo estaba en Cuba, de vacaciones, gastándome una indemnización del
seguro. Había pasado el día en Bahía de Cochinos y a última hora,
anocheciendo, callejeaba de nuevo por La Habana en mi Hyundai Atos de
alquiler. Sólo ese día había pinchado dos veces, de modo que estaba
deseando parar y beber cuatro mojitos de una asentada, para recuperar el
pulso. Llevaba de acompañante a un funcionario del Ministerio de
Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente cubano, pariente lejano de una
amiga de Lugo, que cumplía las funciones de guía. De pronto, en un giro a
la derecha con poca visibilidad, en pleno corazón del barrio de
Miramar, apareció él. Primero arreció su sombra, que cubrió todo el
vehículo, como un rascacielos, y después él. Emergió de la nada, de la
no materia, y lo ocupó todo. Yo clavé el pie en el pedal del freno.
Hostia, lo maté, recuerdo que pensé. Ni siquiera podría decir, como Galeano, que iba derecho al desastre, pero joder en qué coche. Me vi, en ese instante, en una cárcel cubana diez años. Ignacio
se bajó disparado, yo algo más lentamente, secuestrado por la
conmoción. “¿Estás bien, compadre?”, inquirió mi acompañante. Aquel tipo
alto y fornido se había apoyado en el capó del vehículo, afectado no
tanto por el golpe como por la taquicardia del susto, y apenas asintió
con la cabeza. “¿Seguro?”, tercié yo, todavía persuadido de que lo había
matado. “Seguro”, respondió con media sonrisa. En ese instante, Ignacio
lo reconoció. “Pero si tú eres Alberto Juantorena”.