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lunes, 11 de noviembre de 2013

Caminado hasta el Teatro Martí


por Jorge de Armas
(Para Teresita Fernández)

A las cosas que son feas ponles un poco de amor
Y verás que la tristeza va cambiando de color…

Foto: Kaloian

Tuve el privilegio de estudiar mi dos primeros  años de primaria en una vieja casona del Paseo del Prado, quizás un marqués, o una prostituta de lujo viviese en ella, tan pegada al Barrio de Colón, sólo cabrían en ella la nobleza o las putas, que no es lo mismo pero es igual.
Los setenta, tan grises para la cultura cubana según algunos, para mí, un niño curioso que estudiaba en una casona hermosa del Paseo del Prado, fueron los años que me indujeron a todo; a leer;  a escuchar música; a conversar.
Me gustaba caminar por la acera derecha del Prado, de espaldas al mar, y pasar por los estudios del ICAIC a sentir el fuerte aire acondicionado de entre las rendijas de sus puertas. De allí vi salir a Silvio, a Pablo, a Sara, y a un grupo de rostros que no tuvieron nombre hasta años después.  En esa misma esquina de los estudios, si doblabas a la derecha, en Trocadero 162, podías a través de la ventana ver a José Lezama Lima, escribiendo su alma en blancos folios.
Pero los viernes, quiero decir, todos los viernes, lo que más disfrutaba era ir en doble fila, cogido de la mano con Yadira, una mulatita de sonrisa abierta, hasta el Teatro Martí, y allí, en su patio, reírme con los títeres del guiñol, y escuchar a Teresita Fernández regalarme su vida en cada nota.
La escuchaba mientras admiraba la belleza en ruinas del Teatro, rodeado por una verja verde que nos protegía del mundo exterior.  Allí adentro todo era paz y ella, todo era magia y ella, todo era, solamente, nosotros y ella.
No soy yo mismo si cada vez que llueve no me acuerdo de Tin tin, o si veo un gato y no le silbo Vinagrito, o si a la luz de la luna busco latas que brillen y me digan que la tristeza va cambiando de color.  No soy yo mismo si no busco de vez en cuando en mis recuerdos a Teresita, y me doy cuenta que parte de lo mejor de mi nació en aquellas tardes de viernes en el Teatro Martí.
Pasó el tiempo y pude conocerla en persona, y le conté esta historia.  Vivía en una casa en medio de un descampado, rodeada de gatos y un par de perros, y allí me cantó, para mí y para quien iba de mi mano, mil canciones que una vez más, sonaron a nuevas en mi cabeza, porque Teresita al cantar te contaba una historia con su escenografía, su atrezzo, su emoción, su llanto.
Cuando cantaba le brillaban los ojos, pero no tanto como cuando te hablaba de Martí. Varias veces tuve el privilegio de escucharla en palabras que destilaban devoción por el Apóstol. Detrás de ella, en las dos casas donde la visité, junto a la bandera cubana, nunca faltó un busto de Martí, bajo cuya sombra se cobijaba.
Ya, nunca más, he dejado de escucharla.
Donde quiera que estés, sólo te pido que no descanses, vaya mierda eso de descanse en paz, no descanses, mujer contestataria, sabia y valiente, tú sigue cantando, sigue incordiando al cobarde, sigue alentando mis sueños.
Nada hay más feo que la muerte, pero hoy, en la noche con luna de mi Habana, todas las latas en los basureros, brillaran para ti.

jueves, 15 de agosto de 2013

Eduardo Falú: murió el músico que amarró la poesía al folclore argentino


Por Diego Jemio
“La canción es el camino más importante para difundir la poesía a grandes audiencias porque los libros se venden poco. La canción, en cambio, es muy directa, muy inmediata, y llega a mucha gente”. La definición de Eduardo Falú no puede ser más exacta. Y él no podría haberla honrado tanto como lo hizo en sus 90 años. El músico salteño, autor de algunas de las obras más bellas del último medio siglo del folclore, murió ayer en su casa en Capital Federal. No será velado y lo enterrarán hoy en el panteón de SADAIC del cementerio de la Chacarita.
Eduardo Yamil Falú nació el 7 de julio de 1923 en El Galpón (Salta), en una familia siria acomodada. Su padre era dueño de un almacén de ramos generales. La música era apenas uno de tantos entretenimientos en ese mundo criollo, lleno de gente que sabía pialar, marcar y trabajar el campo.
Algún día, un proveedor llevó una guitarra, que puso junto con los alimentos, el kerosene y los artículos de primera necesidad. No le llamó la atención. Al tiempo le picó la curiosidad, cuando escuchó el sonido de un vecino del barrio. Aprendió primero como autodidacta o copiando a su hermano, que sí tomaba clases.
A fines de los años ‘30, llegaron la mudanza a la ciudad de Salta y los estudios. Desde mediados de los ‘40, vivió en Buenos Aires. Con el tiempo surgieron las primeras actuaciones en la gran ciudad. Primero fue Radio El Mundo y después algunas peñas de la calle Lavalle, de dueños españoles.
Con los años, construiría uno de los cancioneros más notables del folclore argentino, junto a Cesar Perdiguero, León Benarós, Carlos Guastavino, Manuel J. Castilla y Hamlet Lima Quintana, entre muchos otros. Además, compuso obras épicas como Romance de la Muerte de Juan Lavalle, con Ernesto Sabato.
Pero la dupla imbatible, la que generó algunas de las más bellas zambas argentinas, fue la que hizo con su gran amigo Jaime Dávalos. Salteños los dos, bohemios y soñadores.
Vidala del nombradorVamos a la zafraZamba de un tristeLas golondrinasTonada del viejo amor fueron algunas de las canciones que hicieron en yunta. ¿Se escribirán en los próximos años versos tan dulces como “No tengo miedo al invierno/Con tu recuerdo lleno de sol” ? O una elegía al pago como La nostalgiosa. Esa dupla trajo la poesía más elevada del folclore al canto popular. Esas canciones sonaban a otra cosa, era algo distinto a lo que se venía escuchando en el folclore.
Jaime Dávalos recordó en un libro cómo nació La nostalgiosa en la española Avenida de Mayo. “Nos sentamos en un bar, en la vereda, y nos pedimos un jerez; un rayo de sol deslumbraba la copa mientras en un papelito que me dio el mozo comencé a garabatear aquel sentimiento vago de desgarramiento interior, de desposeído. La melancolía del trasplantado, del hombre del interior que viene a Buenos Aires no porque quiere sino porque sólo es la gran urbe. Siente que él es hijo del país, que mama su energía vital y por nostalgia vive selectivamente ese paisaje y esos hombres de su tierra, con la perspectiva crítica que da la ausencia”, dijo Dávalos. Mientras tanto, Eduardo silbaba y caminaba por esas calles junto a su entrañable amigo.
Mostró sus conocimientos de música clásica con sus Suites Argentinas, con ritmos folclóricos y altos momentos como intérprete de la guitarra, con dirección de Elías Khayat. Esa obra le valió el Konex de Platino en 1985. También tuvo un intenso trabajo como recopilador; uno de los rescates más recordados fue La cuartelera, nacida en el siglo XIX en los campos de batalla argentinos.
Con su voz de barítono y con su refinada guitarra –”me da su voz, la templo con cariño y mi caricia la quiere despertar”, escribió–, Falú alcanzó fama mundial. Tocó en escenarios variados de América, Europa, Japón y Rusia, entre otros destinos lejanos. Y lo hizo con zambas, carnavalitos, cuecas, bailecitos y melodías españolas, además de obras académicas.
Padre de dos hijos, tío del consagrado guitarrista Juan Falú y finísimo compositor, tenía la mirada clara, límpida, mezcla de criollo y sirio. En una de las últimas entrevistas con Clarín, confesó que le gustaba Pappo. “Tiene un lenguaje propio y muy creativo. Además, es un buen chico: lo conozco porque suele venir a verme a SADAIC (entidad donde fue vicepresidente). Pero no estoy ciento por ciento a favor de todo lo que produce el rock. En estos tiempos de crisis, la música contribuye a aliviar un poco la tensión y estimula el espíritu”, dijo. En aquella charla, elogió a Soledad y Los Nocheros. Pero exigió la defensa de los ritmos tradicionales. Y criticó a los que “confunden el arte con el circo”.
En la foto de esa nota, aparece con la mirada lejana y un sombrero negro, más propio de un tanguero que de un folclorista. Ahora, con su pérdida, es fácil imaginar la guitarra enfundada y recostada en algún rincón de su casa. Y recordar esos versos que le escribió: “ Guitarra oscura, mi compañera/En tu madera me quiero recostar/Tal vez un día cuando me muera/Sus cuerdas tensas me vengan a cantar ”.-


(Tomado de Clarín, Publicado el  10 de agosto de 2013)

miércoles, 27 de marzo de 2013

Escuchando a Chicoy en perspectiva

Esto quizás sea el homenaje a destiempo por los cuarenta años de vida artística de ese guitarrista insustituible en la música cubana que es Jorge Luis Valdés Chicoy. O a lo mejor no es nada, si acaso un ejemplo brillante de cómo me distraigo mientras hago la tesis.