Por Javier Montenegro
Cuando uno se enfrenta a una película de fantasmas, de
monstruos y demás cosas fantásticas, casi nunca le entra al asunto de espalda y
enjabonado. La carpeta con la película siempre viene con un póster o uno hace
la tarea y se lee la sinopsis; todo esto provoca un pacto: cuando nos sentamos
(también puede quedarse de pie o acostado) a ver la cinta, corremos ciertos
límites que por lo general son inadmisibles. El ejemplo más sencillo es el de
los asiáticos voladores: si no estamos acostumbrados o aceptamos de antemano la
ligereza kilográmica de los japoneses, chinos y compañía, se nos hace imposible
disfrutar la historia.
Cuando uno se enfrenta a una película de fantasmas, de
monstruos y demás cosas fantásticas, casi nunca le entra al asunto de espalda y
enjabonado. La carpeta con la película siempre viene con un póster o uno hace
la tarea y se lee la sinopsis; todo esto provoca un pacto: cuando nos sentamos
(también puede quedarse de pie o acostado) a ver la cinta, corremos ciertos
límites que por lo general son inadmisibles. El ejemplo más sencillo es el de
los asiáticos voladores: si no estamos acostumbrados o aceptamos de antemano la
ligereza kilográmica de los japoneses, chinos y compañía, se nos hace imposible
disfrutar la historia.
En el caso del cine de terror,las fórmulas y clichés están
bien definidos e intentar saltárselos es muy peligroso. Para mezclar géneros se
necesita mucho talento o mucha experiencia. En Sinister, la combinación entre el suspense-thriller-policiaco y los
fantasmas fracasa de manera estrepitosa. De un inicio las cartas en la mesa nos
señalan a un hombre de carne y hueso, un asesino en serie metódico, y aunque se
respira un aire espectral a ratos, la cuestión no sobrepasa los sustos. El
problema real en este tipo de cine es el momento mágico del cambio de género. Cuando
vi un Cuento de Fantasma, de Kenji Misumi,
el autor ya nos anunciaba desde el título la presencia de los muertos y por eso
el cambio brusco no molestaba tanto, más bien se disfrutaban los recursos
empleados por el autor.