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lunes, 29 de diciembre de 2014

La mujer es la casa del hombre



"La mujer es la casa del hombre". Si hay alguna piedra angular en la literatura de Abelardo Castillo se encuentra en esa frase. La idea salta de mil maneras a lo largo de sus cuentos. Mírenla acá, en este fragmento de "La fornicación es un pájaro lúgubre", que comparto en extenso, porque sería un crimen mutilarlo.
Feliz año nuevo.

"Y ahora, por favor, silencio.

"Debí vivir cuarenta y cinco años para comprender el sentido cabal de las palabras: hacer el amor. Yo recuerdo que de chico, en los libros, hacer el amor significaba otra cosa. Hacer el amor era hablar de amor, cortejar. Todo cambia, por supuesto. Ya a los ocho años yo descubrí, sin demasiado dolor, que hay que estar preparado para despertarse cada mañana en una casa que no es más la nuestra, ni volverá a serlo nunca. De esa época, creo, viene mi confianza en las palabras y mi amor por los viejos libros. Los libros, para mí, eran el bosque sagrado donde las cosas sucedían sin pasar por el tiempo, eran como remansos de la realidad. Pudo desaparecer Troya, podían haberse podrido los barcos y los hombres que la asolaron y la defendieron, podía el bronce de la que fue una espada haberse ido degradando hasta este adorno de bibelot en esta pieza de hotel, pero siempre quedaba un lugar donde unos versos rearmaban el intacto escudo de Ulises, la frente de Helena, el mar color del vino. Mi madre no estaba, mi padre dejaría de cuidar sus rosas algún día, yo mismo me iba a ir; pero quedaban para siempre ese arco que seguía siendo tensado por un rey, y la flecha que atraviesa el ojo de las hachas. Las palabras no podían corromperse; no eran cosas. Las palabras eran el origen y el espejo de las cosas. Después crecí. Y un día, ante mi asombro, una muchacha tan joven como Agustina le estaba susurrando a un muchacho que era yo algo que él no entendía. Esa noche, Bender durmió solo. Pero desde esa noche «hacer el amor» significó brutalmente acostarse con una mujer. Confieso que me sentí ofendido. Era, me pareció, un abuso de lenguaje. Después seguí creciendo. Hablé poco y forniqué mucho. Pero nunca hice el amor. Prevariqué, eso sí, y puticé. Como el ventero que armó a don Quijote, recuesté viudas y deshice doncellas. Fifé, me encamé, jodí, copulé, corté como Jerineldo la rosa más fragante de algún jardín real, pinché y trinqué; rompí, sodomicé y desgolleté, conocí, folgué, serruché y hasta solitariamente me vicié, pero como había aprendido a desconfiar de las antiguas y hermosas palabras, no le hice a nadie, ni mucho menos hice con nadie, el amor. Yo creo que las mujeres lo saben, y por eso a veces fijan con desconsuelo su mirada en mi bragueta, como desde lejos, con los mismos ojos milenarios que tenía mamá cuando planchaba y yo jugaba a descuartizarme o a ser el señor Valdemar derretido, y cuando les pregunto qué pasa ellas dicen que a los tipos como Bender habría que cortarles la cuestión con una lata oxidada. No sé, a lo mejor todas las mujeres saben todo y es cierto nomás que los hombres somos seres inferiores e incompletos. De cualquier modo, algo descubrió Bender la tarde del 10 de junio de 1980, algo empiezo yo a descubrir ahora. Mientras voy doblando dulcemente hacia atrás el cuerpo de Agustina y me oigo decirle que no hable, que no piense, mientras la tiendo muy suavemente como a un objeto muy frágil sobre el brillante acolchado azul de la cama donde su cuerpo titila como una constelación que hubiese adoptado la forma de una mujer, he comenzado a develar el verdadero sentido de las palabras hacer el amor. Hacer el amor, armarlo, levantarlo piedra sobre piedra, arco a arco, columna a columna, y dejarlo instalado sobre el mundo, es desafiar nuevamente a Dios. El árbol vedado del remoto monte del Abuelo, antes que ningún otro conocimiento, enseñaba esa peligrosa sabiduría, y es así que todavía hay un ángel castrado entre las plantas amenazando los genitales de los hombres con una espada de fuego. Hacer el amor es robarle la mujer a Dios. Porque para armar el amor y habitarlo, hay, antes, que crear a la mujer, hacerla. La mujer es la casa del hombre, decían los antiguos. Es cierto. La mujer es una casa construida según la lenta albañilería de algún hombre. No me apures, Agustina, no te apures, esto que se está haciendo como un dibujo bajo la lluvia tiene sus leyes y sus ritmos, no es el amor, pero hay que escandirlo amorosamente como un verso. El amor no puede hacerse en unas horas, como yo creía, ni en semanas. Se tarda años. Hay hombres y mujeres que mueren sin haberlo hecho, sin saber cómo se hace, hay muchachas y muchachos a los que asesinaron sin haberles dejado levantar una sola viga ni abrir una ventana, hay generaciones y pueblos enteros que son diezmados, supliciados, ardidos hasta lo blando de los huesos, sin darles tiempo a reunir los materiales de hacer el amor, ahora mismo, mientras mi boca en tu oreja y tu boca de ahogada en mi cuello y mi mano subiendo por los contornos de médano de tu cuerpo, hay, sobre la húmeda y eléctrica piedra lustral de un sótano, en una cárcel, una adolescente roja que ya no va a temblar nunca con el temblor que ahora percibo bajo mis dedos como una caliente arena fina por la que pasara un río subterráneo. Vientres pateados, sexos deshechos, martirizadas bocas de dientes rotos, Agustina, ruinas nupciales, pedazos de parejas muertas que nunca van a sentir lo que por primera vez estás sintiendo ahora, este miedo dulce de ir cayendo hacia el centro de vos misma que hace rodar de un lado a otro en la oscuridad tu cabeza sobre la almohada, que te hace decir qué, qué me pasa, manos mutiladas que estuvieron vivas y que ya no encontrarán lo que tu mano, de pronto inexperta, busca entre mis piernas, hombres que tuvieron piernas y un sexo para usar entre las piernas, matas de cabello de mujer que no llenarán nunca el puño de un varón, puños de varón que nunca mías empujarán con dulce brutalidad la cabeza de una muchacha hasta la consentida sumisión, hasta la ambigua servidumbre que sólo la hembra del varón aprende, que no conocen las bestias ni los ángeles, pero que Agustina ahora no acepta, de rodillas sobre la alfombra y con las manos juntas como una mantis religiosa, volviendo a sacudir de un lado a otro la cabeza como si rezara, apretando los dientes acaso por el súbito horror de querer arrancarme el sexo de las entrañas, por primera vez no acepta, mientras Bender de pie sonríe y acaricia con cuidado y suavidad su cuello, como quien amansa un animalito cerril, le cubre dulcemente las orejas con las manos, se arrodilla junto a ella y le besa las lágrimas, la distrae, y como si jugara la va tendiendo sobre el piso y la abre como a un cauce mientras Agustina murmura por qué acá, por qué así, y él le dice que se calle, que no hay que pensar, que escuche, que escuche cómo cae la lluvia."

(La fornicación es un pájaro lúgubre, Abelardo Castillo)

jueves, 23 de octubre de 2014

El único libro de Abelardo Castillo

Abelardo Castillo es (Borges, Kafkfa & Cía, miren para otro lado...) mi cuentista favorito. Al Centro Onelio le debo un montón de cosas pequeñas, algo bastante lógico considerando mis escasas dotes de narrador; pero entre esas maravillas mínimas que le debo se encuentra el haberme puesto delante del autor de El hacha pequeña de los indios
Por si no bastara con esa capacidad suya de convertir cada relato en una joya, ahora me topo con lo que bien podría ser mi declaración de principios, si es que uno tuviera algunos. No digo más, les dejo con Castillo.


(…) No se trata de un mero simulacro de orden, o de que a los cuarenta años me empiece a sentir más o menos póstumo. Así como hay poetas que han escrito una sola obra (pienso en Hojas de hierba, de Whitman; en Las flores del mal, de Baudelaire), yo siempre quise ser autor de un solo libro de cuentos. Compruebo que ya no van quedando escritores ascéticos, que se escribe de más y se publica demasiado: me basta entrar en un librería o leer el catálogo de una casa editora para alarmarme ante el porvenir de la literatura contemporánea; reducir a uno los libros de cuentos que escriba tiene (por lo menos en un sentido numeral, y para mi sola paz interior) la ventaja de achicar un poco mi colaboración con el olvido.
Suele reprochárseme que publique poco. También se me reprocha que corrija demasiado, que las reediciones de mis dramas y relatos nunca coincidan con la anterior, que desaparezcan párrafos y hasta historias enteras de mis libros. Nadie habló mejor que Valéry de esta manía de alargar hasta el vértigo la composición de los textos literarios, de esa orfebrería “de mantenerlos entre el ser y el no ser, suspendidos ante el deseo durante años, de cultivar la duda, el escrúpulo y los arrepentimientos, de tal modo que una obra, siempre reexaminada y refundida, adquiera poco a poco la importancia secreta de una empresa de reforma de uno mismo”. Yo también creo que hay una ética de la forma, yo también creo que ningún escritor puede afirmar honradamente que una obra está terminada sino a lo sumo postergada, y que publicarla por cansancio (o por cansancio destruirla) es accidental. No estoy de acuerdo con el modo de producir de mi generación, incluso estuve por escribir: de mi tiempo. Y quizá debí escribirlo. Ya no se publican libros; se publican libretas de apuntes. Se manda a imprimir la primera versión de un texto y se le llama contra-literatura, o novela abierta, o antipoema. No hablo de obras como Ulises (sic), en las que el caos y la desesperación formal son justamente eso: desesperación de la forma. Hablo de quienes no se han puesto a pensar que para llegar al desorden y al vértigo del último Joyce hay que haber empezado por la transparencia de Dublineses; hay que haber llegado a no poder escribir de otro modo. La forma no es más que eso: el último límite de un artista, su imposibilidad de ir más lejos.

Abelardo Castillo, posfacio a Las panteras y el templo (Los mundos reales (Cuentos completos), Alfaguara 2008)

viernes, 29 de agosto de 2014

Un cronopio de cien años

Solo la poesía destruye la antítesis realidad e irrealidad
José Lezama Lima 

Oliveira no salta chicos, y chicas. Oliveira no salta. Que esa revelación me llegue en el centenario deCortázar no hace más que alimentar mi fascinación compartida con el argentino por esos rebotes del azar, como si corroborara la sensación de vivir en un gran pinball en el que movemos nuestra vida yendo al encuentro de objetos misteriosos que nos dan puntos extras, que nos salvan o joden, y donde evitamos, con toda la habilidad que nuestros dedos corazón e índice nos permiten, dejar caer la vida por el agujero del centro.
Recuerdo que, en mis paseos por el inmenso jardín laberinto que es Rayuela, la duda de si Oliveira era un suicida me carcomía y, confieso, nunca pude librarme de ella, a pesar de todas las pistas luminosas que el autor siembra a nuestro paso.
Poeta frustrado, dibujó un planeta a golpe de cuentos exquisitos, novelas y poesías medianeras y su descomunal poema llamado Rayuela, que se resiste a todas las definiciones porque las incluye y las supera, como esos símbolos del alfabeto japonés que son letra, sonido y palabra a la vez.
Pero —salgamos de la emoción del descubrimiento y digámoslo pronto para no darle vueltas al asunto— el mejor Cortázar no es el de RayuelaRayuela es una imponente catedral, un hermoso monumento al optimismo que se ha convertido en un culto en sí mismo, que en la medida que le ha ganado seguidores ha invisibilizado buena parte del resto de su obra. Y la magia del autor de Historia de famas y cronopios también está diseminada en el resto de su obra.
Hay novelas Cortázar, hay poemas Cortázar, pero hay, por encima de todas las cosas, cuentos Cortázar. Si hiciéramos el fútil ejercicio de simplificación, Cortázar fue, esencialmente, un poeta; algo bastante parecido a esos cronopios suyos, eternos optimistas soñadores de conmovedora alegría y lágrimas naturales; ya sea a través de sus inestables poemas, o sus impecables cuentos. Y es precisamente a través del cuento —ese “caracol del lenguaje”, como él mismo lo llamara— con lo que el argentino se arrima a la poesía.
Con su particular manera de instalarse en el llamado mundo fantástico —a base de fracturas de la realidad de límite sospechoso— narra sucesos que el azar hilvana en misterioso rosario, al mismo tiempo que desmenuza la monotonía e invierte la fórmula garciamarquiana y nos recuerda lo maravilloso de la realidad.
Hay en Cortázar la capacidad de vislumbrar la chispa, y el mensaje dentro de la chispa, como los hechiceros primigenios que se valían de sus artimañas para dominar la aldea. Solo que este hechicero nuestro —más simple, más ingenuo— no gasta su tiempo dándonos lecciones, solo comparte la inquietud de que hay algo más, de que el fuego tiene un secreto descifrable.
Mientras que el lector de Thomas Mann y Lezama Lima es usualmente un lector docto, cuyo trabajo está indisolublemente ligado al mundo literario y que pasa de los treinta, Cortázar —como ese otro maldito imprescindible que responde al nombre de J. D. Salinger— es un autor de juventudes.
El lector de Cortázar es un lector fundamentalmente joven. Rayuela fue un boomerang que le trajo una respuesta asombrosa: esa novela, de más de 600 páginas, repleta de reflexiones metafísicas y citas a filósofos muertos, encontró su público natural entre los jóvenes. Fueron precisamente los jóvenes —estos y los jóvenes de las generaciones sucesivas, hasta hoy— quienes la adoptaron como un documento de fe para esos hombres y mujeres repletos de preguntas que no querían aceptar el mundo que recibían (reciben) en herencia.
Esta relación de los jóvenes con Rayuela no tardó en hacerse extensiva al resto de su obra, hasta convertirlo en un icono de la rebeldía al punto que, mientras los centenarios de Borges, Quiroga, Onetti y Bioy Casares y hasta el próximo del aún vivo Nicanor Parra se celebran sin demasiado sobresalto, como homenajes a seres ecuestres plantados en algún mapa glorioso de la literatura, a muchos nos cuesta imaginarnos a un Cortázar centenario. Quizá sea por la fama tardía que le mereció Rayuela, o por la eterna estampa de juventud que le acompañó mientras envejecía, pero no hay manera de colocarlo —espiritualmente hablando— junto al resto de sus colegas generacionales.
Es por eso que siguen dejando fotos, discos de jazz y dedicatorias en su tumba de Montparnasse; es por eso que sigue turbándonos a la vuelta de tantos años; es por eso que fragmentos suyos navegan multiplicados en forma de tweets y posts de Facebook. Donde muchos ven una fácil degradación de la cita, un corte y pega intelectual de escaso calado, hay en realidad una callejuela que conduce a la infancia, a una rayuela deslavada en la que se juega infinitamente con la esperanza de alcanzar el cielo.
(Tomado de Cubahora)

lunes, 28 de abril de 2014

Paul Aster: La invención de Nueva York (fragmento)

A Auster lo tengo en la reserva, forma parte de ese universo norteamericano al que que me acerco con cuidado porque siento que me devorará por completo. Sin embargo, hace unas semanas Mónica me compartió El cuento de navidad de Auggie Wren con el siguiente comentario: "Vas a ver esta noche lo que es disimular la ternura. El cuento es un elefante oculto detrás de un hilo". A partir de ese momento, comencé a tropezarme con textos de y sobre Auster, tal y como nos sucede con esos extraños que nos encontramos en una fiesta y luego vemos en todas partes.


Resulta que hoy 28 de abril la Universidad Nacional de San Martín (Buenos Aires, Argentina) distinguirá con el Doctor Honoris Causa a John M. Coetzee y a Paul Auster, y a propósito de esto la Revista Anfibia publicó sendos trabajos que recorren la creación literaria de estos dos destacados escritores.
El texto sobre Auster, firmado por Mariana Enríquez, aborda las constantes y los motivos que transitan las obras de este neoyorquino que ha logrado ser más popular en Latinoamérica y Europa que en su propia tierra. Les dejo un fragmento que me ha gustado, y creo recoge la esencia del artículo. (Mónica, esto te encantará)

Foto: Nancy Crampton

En los años 90, los Amarillos de Anagrama, en rigor, la colección Panorama de Narrativas de la editorial entonces dirigida por Jorge Herralde, era un símbolo de estatus, de buen gusto y, más importante, de onda. Se podían comprar si el lector aún permanecía aferrado como a un clavo caliente a la clase media argentina. Eran lo que se perdió hoy con la diseminación de la legitmidad del cambio de siglo, con el dominio electrónico y la obsolencia de ciertas curadorías: eran una garantía. Si era un Panorama de Narrativas iba ser bueno. Como otros mitos de la época: el sello Vertigo de DC Comics, el sello musical Matador, los primeros Baficis (festival que aunque arrancó casi en el cambio de siglo, mantenía ese espíritu del indie accesible de los 90 en su seleccionado de películas y temáticas). No exactamente indie, sino con espíritu indie, una categoría que es más fácil reconocer que explicar. Ahí entraba Paul Auster vía los amarillos de Anagrama y las películas que él dirigía, donde aparecían Tom Waits y Harvey Keitel y Jim Jarmush y claro, Nueva York, esa Nueva York que cuando acá se leían los libros de Auster ya no existía, porque sus libros llegaron con un desfasaje de diez años. (Hay que decir, también, que Paul Auster muy rápidamente trascendió el fetichismo amarillo para convertirse en un escritor popular).

La Nueva York de Auster, entonces. El Central Park donde se pierde Fogg en “El Palacio de la luna” ya no existía con la primera edición de Anagrama, de 1996. Primero por cuestiones de trama, porque transcurre en los 60 pero segundo y más importante porque en 1994 Giuliani era alcalde republicano de la ciudad y su administración redujo la criminalidad en un 70% con consecuencias en el estilo de vida absolutamente inesperadas, injustas para muchos; como sea, cambió la ciudad para siempre. Auster es una especie de bisagra en este sentido porque ciertamente, su Brooklyn, su Nueva York, no es negra ni mestiza ni hip hop ni punk ni perseguida por la policía, ni siquiera es pobre: pero sí es un lugar de la imaginación, donde el vagabundeo y la pérdida son posibles; una ciudad abierta, donde todo aquello que tiene filo y mestizaje existe y es bienvenido, una especie de isla diversa. Suele decirse que Auster es un extranjero en su país: sucede que referencia y está influenciado por escritores latinos, desde Calvino hasta Verne, pasando por Cervantes, y por otros europeos como Beckett. Sucede que habla y traduce francés, que cita a Mallarmé. Pero, sobre todo en una relectura actual, sorprende lo increíblemente estadounidense que es Paul Auster. En sus posiciones políticas algo ingenuas incluso, típicas del progresista medio de su país (jamás posiciones tontas, jamás: ingenuas). Otra de sus mejores novelas, “Leviathan” (1992) es casi un lamento por el país perdido, por el despertar del sueño, encarnado en Benjamin Sachs, el escritor protagonista, que termina sus días haciendo volar con bombas, réplicas de la Estatua de la Libertad por todo el país y cuya única y mejor novela es una especie de réquiem por los Estados Unidos de fines del siglo XIX. Auster tiene verdadera fascinación por el deporte nacional, el béisbol. También por el mítico viaje de Este a Oeste, que se repite en muchas de sus novelas –en “El Palacio de la luna”, en “Leviathan”, en “La música del azar”. Es el viaje que construyó el país, la ampliación de la frontera. Está fascinado por Edison y Tesla, por los inventores. Algo de ese espíritu del hombre ingenioso que se hace a sí mismo, tan esencialmente estadounidense, es el material de “Mr. Vértigo”, la más influenciada por el realismo mágico latinoamericano de sus novelas, aunque sus personajes trashumantes enfrentan cuestiones sumamente locales como la mafia de Chicago o el Ku-Klux Klan.

Y sin embargo, este hombre tan obsesionado por su país y su cultura es amado en el extranjero. Algunos dirán que hay cierto didactismo en la América de Auster pero no es así, para nada, su presentación de los hechos históricos no es para dummies. ¿Se tratará de alguna especie de nostalgia global por el Imperio que no fue, el Imperio que pudo ser mejor?

Jonathan Lethem, autor de “La fortaleza de la soledad”, que es norteamericano pero vive en Barcelona –al menos, va y viene con frecuencia–, le dijo a Fresán en 2010, pensando en la “extranjería de Auster” y en por qué no es una influencia para los escritores contemporáneos norteamericanos: “Auster resulta una influencia difícil de incorporar y de asumir sin caer en la más torpe imitación o la burda parodia. Así que tiene menos seguidores y continuadores que, digamos, Pynchon o DeLillo. En cuanto a su lugar dentro de la literatura norteamericana, me parece que su situación privilegiada y poco común pasa por la de ser alguien completamente libre y ajeno a la tradición de los Estados Unidos, donde hasta los más grandes siempre han tendido a ser escritores claramente nacionales. Aunque, claro, en Auster hay una evidente influencia de Poe y de Hawthorne en lo que hace, a mí me parece en más de un sentido que Auster es el gran escritor pos-americano. Lo que es muy raro de encontrar entre nosotros. Europa se las ha arreglado para producir o atraer a más escritores de esta clase, como Calvino o Beckett o Cortázar. El tipo de sensibilidad que trasciende fronteras.”

Que tiene una sensibilidad que trasciende fronteras es cierto. Que no sea un escritor “nacional” es discutible. En realidad, Paul Auster es un escritor nacional que trasciende fronteras.

(Tomado de Revista Anfibia)

viernes, 4 de abril de 2014

Enfundá la mandolina de José Zubiría Mansilla (#ViernesDePoesía)



Esta canción es uno de mis tangos favoritos intrepretados por Carlos Gardel. Su juego con el tiempo ya pasado -en ese lunfardo que es un idioma dentro de otro- es uno de los más logrado que he visto en canción alguna. Sin dudas Zubiría hubiera dado para gran poeta, lástima que no se decidiera a compilar sus versos. Por suerte Gardel lo dejó grabado en algunas composiciones como esta, que escucho con placer una y otra vez, a pesar de la mala calidad de la grabación. Aquí les dejo Enfundá la mandolina, que tengan un buen Viernes de Poesía.

Sosegate que ya es tiempo de archivar tus ilusiones,
dedicate a balconearla que pa' vos ya se acabó
y es muy triste eso de verte esperando a la fulana
con la pinta de un mateo desalquilado y tristón.
No hay que hacerle, ya estás viejo, se acabaron los programas
y hacés gracia con tus locos berretines de gavión.
Ni te miran las muchachas y si alguna a vos te habla
es pa' pedirte un consejo de baqueano en el amor.

Qué querés, Cipriano,
ya no das más jugo.
Son cincuenta abriles
que encima llevás.
Junto con el pelo
que fugó del mate
se te fue la pinta
que no vuelve más.

Dejá las pebetas
para los muchachos,
esos platos fuertes
no son para vos.
Piantá del sereno,
andate a la cama
que después, mañana,
andás con la tos.

Enfundá la mandolina, ya no estás pa'serenatas,
te aconseja la minusa que tenés en el bulín,
dibujándote en la boca la atrevida cruz pagana
con la punta perfumada de su lápiz de carmín...
Han caído tus acciones en la rueda de grisetas
y al compás del almanaque se deshoja tu ilusión,
y ya todo te convida pa'ganar cuartel de invierno
junto al tuego del recuerdo a la sombra de un rincón.


jueves, 15 de agosto de 2013

Eduardo Falú: murió el músico que amarró la poesía al folclore argentino


Por Diego Jemio
“La canción es el camino más importante para difundir la poesía a grandes audiencias porque los libros se venden poco. La canción, en cambio, es muy directa, muy inmediata, y llega a mucha gente”. La definición de Eduardo Falú no puede ser más exacta. Y él no podría haberla honrado tanto como lo hizo en sus 90 años. El músico salteño, autor de algunas de las obras más bellas del último medio siglo del folclore, murió ayer en su casa en Capital Federal. No será velado y lo enterrarán hoy en el panteón de SADAIC del cementerio de la Chacarita.
Eduardo Yamil Falú nació el 7 de julio de 1923 en El Galpón (Salta), en una familia siria acomodada. Su padre era dueño de un almacén de ramos generales. La música era apenas uno de tantos entretenimientos en ese mundo criollo, lleno de gente que sabía pialar, marcar y trabajar el campo.
Algún día, un proveedor llevó una guitarra, que puso junto con los alimentos, el kerosene y los artículos de primera necesidad. No le llamó la atención. Al tiempo le picó la curiosidad, cuando escuchó el sonido de un vecino del barrio. Aprendió primero como autodidacta o copiando a su hermano, que sí tomaba clases.
A fines de los años ‘30, llegaron la mudanza a la ciudad de Salta y los estudios. Desde mediados de los ‘40, vivió en Buenos Aires. Con el tiempo surgieron las primeras actuaciones en la gran ciudad. Primero fue Radio El Mundo y después algunas peñas de la calle Lavalle, de dueños españoles.
Con los años, construiría uno de los cancioneros más notables del folclore argentino, junto a Cesar Perdiguero, León Benarós, Carlos Guastavino, Manuel J. Castilla y Hamlet Lima Quintana, entre muchos otros. Además, compuso obras épicas como Romance de la Muerte de Juan Lavalle, con Ernesto Sabato.
Pero la dupla imbatible, la que generó algunas de las más bellas zambas argentinas, fue la que hizo con su gran amigo Jaime Dávalos. Salteños los dos, bohemios y soñadores.
Vidala del nombradorVamos a la zafraZamba de un tristeLas golondrinasTonada del viejo amor fueron algunas de las canciones que hicieron en yunta. ¿Se escribirán en los próximos años versos tan dulces como “No tengo miedo al invierno/Con tu recuerdo lleno de sol” ? O una elegía al pago como La nostalgiosa. Esa dupla trajo la poesía más elevada del folclore al canto popular. Esas canciones sonaban a otra cosa, era algo distinto a lo que se venía escuchando en el folclore.
Jaime Dávalos recordó en un libro cómo nació La nostalgiosa en la española Avenida de Mayo. “Nos sentamos en un bar, en la vereda, y nos pedimos un jerez; un rayo de sol deslumbraba la copa mientras en un papelito que me dio el mozo comencé a garabatear aquel sentimiento vago de desgarramiento interior, de desposeído. La melancolía del trasplantado, del hombre del interior que viene a Buenos Aires no porque quiere sino porque sólo es la gran urbe. Siente que él es hijo del país, que mama su energía vital y por nostalgia vive selectivamente ese paisaje y esos hombres de su tierra, con la perspectiva crítica que da la ausencia”, dijo Dávalos. Mientras tanto, Eduardo silbaba y caminaba por esas calles junto a su entrañable amigo.
Mostró sus conocimientos de música clásica con sus Suites Argentinas, con ritmos folclóricos y altos momentos como intérprete de la guitarra, con dirección de Elías Khayat. Esa obra le valió el Konex de Platino en 1985. También tuvo un intenso trabajo como recopilador; uno de los rescates más recordados fue La cuartelera, nacida en el siglo XIX en los campos de batalla argentinos.
Con su voz de barítono y con su refinada guitarra –”me da su voz, la templo con cariño y mi caricia la quiere despertar”, escribió–, Falú alcanzó fama mundial. Tocó en escenarios variados de América, Europa, Japón y Rusia, entre otros destinos lejanos. Y lo hizo con zambas, carnavalitos, cuecas, bailecitos y melodías españolas, además de obras académicas.
Padre de dos hijos, tío del consagrado guitarrista Juan Falú y finísimo compositor, tenía la mirada clara, límpida, mezcla de criollo y sirio. En una de las últimas entrevistas con Clarín, confesó que le gustaba Pappo. “Tiene un lenguaje propio y muy creativo. Además, es un buen chico: lo conozco porque suele venir a verme a SADAIC (entidad donde fue vicepresidente). Pero no estoy ciento por ciento a favor de todo lo que produce el rock. En estos tiempos de crisis, la música contribuye a aliviar un poco la tensión y estimula el espíritu”, dijo. En aquella charla, elogió a Soledad y Los Nocheros. Pero exigió la defensa de los ritmos tradicionales. Y criticó a los que “confunden el arte con el circo”.
En la foto de esa nota, aparece con la mirada lejana y un sombrero negro, más propio de un tanguero que de un folclorista. Ahora, con su pérdida, es fácil imaginar la guitarra enfundada y recostada en algún rincón de su casa. Y recordar esos versos que le escribió: “ Guitarra oscura, mi compañera/En tu madera me quiero recostar/Tal vez un día cuando me muera/Sus cuerdas tensas me vengan a cantar ”.-


(Tomado de Clarín, Publicado el  10 de agosto de 2013)

viernes, 17 de mayo de 2013

La muerte


Se murió como se muere casi todo el mundo. De viejo, del  corazón, internado y cuidado a pesar de estar preso.
 
Se murió como se muere casi todo el mundo. Salvo aquellos a los que se persigue, se tortura, se mata, se desaparece.

Su muerte es una más. Muerte de 87 años, muerte lúcida y tranquila. Se entra en un sueño del que no se vuelve. Y después la nada, la nada entera para quien tuvo en sus manos la llave que desconecta la vida. Las vidas. Las treinta mil como un número vivo. La mano en la llave, la mano de Videla. Como un ícono vivo. Continente de todo lo demás. De los buenos vecinos con picana en la mesa de luz. De la prensa canalla. Del carnicero delator. Del oficinista informante. De los altares cómplices. De los empresarios ideólogos. Todos detrás de su rostro paradigma, flaco, enhiesto, pulgar en alto en el Monumental, bigote profuso, los dedos firmes en la sien, la gorra perfecta, Astiz, los niños muertos, los niños secuestrados, Etchecolatz, los que no saben quiénes son, los que nunca sabrán quiénes son, Colores, los huesitos de los que quedaron en quién sabe qué tierras o en quién sabe qué mares sin playa, el Turco Julián, los que no volvieron nunca, Von Wernich, los que no volverán jamás, la historia cortada como cables y un apagón larguísimo que nunca se volvió a encender del todo . Nunca.
Se murió igual que se muere la buena gente. En una cama calentita con sábanas blancas y un té con leche y tostadas que estaba por llegar. Eran las seis y media de la mañana.

Nuestros hermanos y los huesos de nuestros hermanos y los dientes de nuestros hermanos se quedaron sembrando la tierra. Con sangre y dolor y grito y carne quemada. Solitos en el aire, cayendo en la furia oceánica. Solitos en oquedades sin nombre. Envueltos en raíces, en hormigueros eternos, en grillos y lombrices. Solos, en la soledad de lo oscuro y del miedo atroz.

(Tomade de APe)

lunes, 18 de marzo de 2013

El olor del pdf


Un extraño virus se esparce en La Habana: la Orsaifilia. Acá les dejó lo que provocó en David la lectura del primer número de la revista.



lunes, 11 de marzo de 2013

Entrar (voluntariamente) en fuera de juego



El 24 de enero inauguré el blog Cuba y la noche. Un blog en el que, como reza su lema, se puede encontrar casi cualquier cosa de literatura, música y cine . No es solamente un blog donde exorcizar mis demonios del periodismo cultural; también lo creé con la intención de publicar trabajos de otras publicaciones que me parecieran interesantes dentro de ese amplio espectro temático que me propuse. Mis amigos, que tienen por costumbre sumarse a estas ideas, no dejaron de seguirme. Dos semanas más tarde ya había caído un post de Javier, y un poco más tarde se estrenó David (solo falta que Carlos Manuel aparezca para tener otra temporada de Ediciones Martes). Volviendo al blog, navegando un día entre el montón de páginas que hay dedicadas a estos temas encontré una crónica con el escueto nombre de 10.6 segundos. Cuando me atreví a dar clic sobre el enlace no sabía que estaba a punto de pasar página en mi vida intelectual.

viernes, 1 de marzo de 2013

Diario de Alcalá (fragmentos)

Aquí les dejo trozos de una deliciosa crónica de Leila Guerriero sobre sus días en la añeja universidad de Alcalá de Henares, en el año 2010. Colección de viñetas memorables de una de las maestras del género en el continente.




miércoles, 27 de febrero de 2013

Juan Gelman, "es muy difícil pescar a la señora esta de la poesía"


Hace unos días, en la Feria del Libro, en uno de esos montones de libros que llegan a Cuba desde Venezuela y de repente nos regalan joyas como Los detectives salvajes en 30 pesos cubanos, conseguí una antología de poemas de Juan Gelman, el errante poeta argentino. Hoy, gracias a @golfemia encontré esta entrevista que le hicieran en el diario El País a finales del año pasado. Magníficas respuestas en las que encontramos a un hombre de ideas lúcidas brillando en la oscuridad de la noche.

martes, 12 de febrero de 2013

Rayuela, a medio siglo

El nicaragüense Sergio Ramírez (el mismo que nos regalara esa disfrutable novela que es Margarita está linda la mar) recuerda que una de las grandes obras de la literatura universal cumple cincuenta años de publicada. El escritor publicó en Elfaro este texto un tanto nostálgico, pero que no deja de ser un pertinente llamado de atención sobre un libro que bajo ningún concepto podemos olvidar. Aquí se los dejo.



Este mes de febrero se cumple medio siglo de la aparición de Rayuela, publicada en Buenos Aires por la Editorial Sudamericana. Julio Cortázar, que ya el año que viene alcanza el siglo, tenía entonces cincuenta años de edad, con lo que podemos decir que la novela más experimental, novedosa y provocadora que se escribió en los tiempos del boom, fue la obra de un viejo que nunca dejó de crecer, siempre de atrás hacia delante, botando años por el camino hasta quedarse en una figura de adolescente que se va haciendo niño, como aquel personaje de William Faulkner en Desciende, Moisés.

lunes, 28 de enero de 2013

Idea Vilariño, una voz desnuda y en lo oscuro




Idea Vilariño es una poeta de la noche. Lo confiesa ella misma y lo demuestran sus poemas. Agradezco a todo no haber sido un uruguayo de principios del siglo XX, porque hubiera enloquecido con esta mujer. Y yo -que voy teniendo la clarísima conciencia de que no inventaré ninguna Santa María- no habría pasado de ser un nombre más de su escandalosa lista, un pequeño gasto de tinta, polvo intrascendente del que estan hechos sus versos trascendentes.