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jueves, 14 de noviembre de 2013

Juantorena, un pez gordo de la historia

Por Juan Tallón

Nunca he matado a nadie de una forma directa, expresa, pero haber estado a punto de acabar con Alberto Juantorena es una de las cosas más grandes que me han pasado. Ocurrió hace tres años. Yo estaba en Cuba, de vacaciones, gastándome una indemnización del seguro. Había pasado el día en Bahía de Cochinos y a última hora, anocheciendo, callejeaba de nuevo por La Habana en mi Hyundai Atos de alquiler. Sólo ese día había pinchado dos veces, de modo que estaba deseando parar y beber cuatro mojitos de una asentada, para recuperar el pulso. Llevaba de acompañante a un funcionario del Ministerio de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente cubano, pariente lejano de una amiga de Lugo, que cumplía las funciones de guía. De pronto, en un giro a la derecha con poca visibilidad, en pleno corazón del barrio de Miramar, apareció él. Primero arreció su sombra, que cubrió todo el vehículo, como un rascacielos, y después él. Emergió de la nada, de la no materia, y lo ocupó todo. Yo clavé el pie en el pedal del freno. Hostia, lo maté, recuerdo que pensé. Ni siquiera podría decir, como Galeano, que iba derecho al desastre, pero joder en qué coche. Me vi, en ese instante, en una cárcel cubana diez años. Ignacio se bajó disparado, yo algo más lentamente, secuestrado por la conmoción. “¿Estás bien, compadre?”, inquirió mi acompañante. Aquel tipo alto y fornido se había apoyado en el capó del vehículo, afectado no tanto por el golpe como por la taquicardia del susto, y apenas asintió con la cabeza. “¿Seguro?”, tercié yo, todavía persuadido de que lo había matado. “Seguro”, respondió con media sonrisa. En ese instante, Ignacio lo reconoció. “Pero si tú eres Alberto Juantorena”.

miércoles, 30 de enero de 2013

La mejor crónica del mejor gol del sigo XX

El instante decisivo del mejor gol del siglo XX

No coordino, no alcanzo a conectar las ideas para presentar este texto. Crónica donde las haya, consigue revivir un instante mítico de la historia del deporte; lo consigue, si es posible, con mayor realismo e intensidad que las imágenes de ese fragmento de video que hemos visto tantas y tantas veces; lo cosigue, si es posible, con mayor magia -y nunca creí que ba a decir esto- que la narración de Hugo Morales.Y me callo que esto es lo que importa.