lunes, 15 de septiembre de 2014

Senel Paz: “Cuba no requiere verticalidad, ni machismo entre los machos”


Por Rosa Miriam Elizalde / Especial para La Jornada
Gabriel García Márquez dijo alguna vez que Senel Paz era el mejor guionista de diálogos en español. Senel se lo toma como un piropo del Nobel, pero no se posible soslayar que su cuento El lobo, el bosque y el hombre nuevo (Premio Juan Rulfo, 1990) es un clásico de la Literatura cubana y un referente literario universal, con decenas de traducciones y versiones para al cine –la célebre Fresa y chocolate-, el teatro, la pintura y hasta el musical. Ahora mismo, tiene un éxito arrollador en Buenos Aires una adaptación para las tablas, mientras él escribe en La Habana un guión para una nueva película y sigue la saga de los personajes de sus cuentos y novelas, siempre en la adolescencia o la primera juventud, siempre bregando contra el hombre unidimensional y la intolerancia.
Eres el gran rompedor de barreras literarias de tu generación. Lo dice uno de los críticos más importantes de Cuba, Francisco López Sacha.
- Sacha es sin duda un gran crítico literario, pero con los amigos se entusiasma demasiado, por eso todos aspiramos a que despida nuestro duelo cuando llegue el día. Yo escribo por inspiración y necesidad, no me preocupa por el lugar que me toque en el panorama literario, que ni importa ni es posible determinar por uno mismo.
- ¿Por qué ese título, El lobo, el bosque y el hombre nuevo, que cuesta recordar?
- Titular no está entre mis habilidades. Pero no me parece un mal título, solo difícil de recordar y malo para vender. La pista está en comenzar por el animal. Fresa y chocolate es bueno para vender, pero me gusta menos como título. Siempre fue provisional, hasta que se me ocurriera uno mejor, lo cual nunca ocurrió.
Ni en el cuento ni en la película famosos sabemos a qué lugar se fue Diego, el homosexual. ¿Regresó?, ¿regresará?, ¿de dónde?
- Si supieras que no sé. Debe ser España o a México. La semana pasada conocí Buenos Aires y me pareció una ciudad ideal para Diego. En cuanto vuelva a mí, me dirá dónde anduvo. Mucha gente me pide que escriba una segunda parte de la historia.
¿Por qué?
- Piensan en algo así como un regreso en el que juzgaría adónde ha ido a parar el país quince o veinte años después de su salida, y eso a mí me suena a comisionado de la ONU en tareas de inspección. Más bien lo siento próximo a contarme con ironía su vida sexual y a hablarme de la soledad y la vejez.
Según Diego sabemos qué necesita la Revolución cubana. Según Senel, ¿qué es lo que no necesita?
- No necesita la verticalidad, el machismo entre los machos, la retórica, los periódicos tal como los hacemos hoy, el temor a los jóvenes.
¿Qué es eso del machismo entre machos?
- Sólo nos quejamos del machismo como la relación abusiva del hombre hacia la mujer, pero existe una relación machista entre los hombres que es muy peligrosa sobre todo cuando se entrevera con la política. Es la permanente confrontación y comparación de las bolas, la idea de que las tuyas tienen que ser más grandes y dominantes que las de los demás.
Parece un chiste.
- Pero es algo grave, explica por qué Cuba da consejos y hace críticas a terceros pero no las admite, no escucha. También explica la verticalidad, que un funcionario (un político) no haga suyo lo que le propone uno de abajo. Si hablamos de una ley de cine, pongamos por caso, tiene que proponerla el funcionario, no el cineasta. Ya sabemos que en Cuba pueden ser machistas los hombres, las mujeres y los gays.
¿Le ha hecho bien o mal el cine a tu literatura?
- Se han hecho bien mutuamente. Para mí son como una pareja de baile: se entrelazan, se complementan, se funden, pero también se separan y cada cual sigue siendo quien es.
¿Por qué has escrito más guiones de películas que novelas?
- Tal vez porque los guiones se escriben más rápido, se pagan mejor y son una novela que se vive pero no se escribe. De todos modos, en lo que a mi obra se refiere --es decir, las películas basadas en mis personajes-- creo que terminaré invirtiendo la relación. Cualquier género o lenguaje que me permita crear personajes e historias me viene bien. Me muero por hacerlo en el teatro.
¿Te ayudan a entender la realidad o es la única manera de soportarla?
- Todo arte ayuda un poco a entender la realidad y también a soportarla. La realidad es demasiado dura como para que podamos vivir sin fantasías, desde la religión al arte, los bares y el amor.
Según Stendhal, "he puesto mi felicidad en estar triste". ¿Dónde la has puesto tú?
- Me siento cómodo en la melancolía y el silencio. La melancolía es dulce y creativa y permite escuchar música. Como provengo del campo, también pongo mi felicidad en el silencio, en los grandes espacios abiertos, en las nubes y en los árboles. Soy un gran observador de nubes.
Dijiste alguna vez que “Cuba es una isla con banda sonora”…
- Porque siempre está sonando música en alguna parte, bien desde un aparato o porque alguien toca o porque la imaginamos. Hablamos cantando, nos movemos bailando, al compás de un ritmo que nuestro oído capta y que está en alguna parte, cuando menos en el recuerdo. El cine nos ha habituado a que las escenas están acompañadas de música o de silencios igualmente elaborados.
¿Y cuál es la clave oculta de tu obra?
- Las claves son como las contraseñas, las más importantes uno las olvida, pero ahí están.
¿Qué está pasando en la literatura cubana hoy?
- Nos estamos levantando.
¿Y en el cine?
- Nos estamos hundiendo.
¿Cómo enfrenta la cultura cubana los cambios que se están produciendo en la Isla?
- Con impaciencia, con muchas ganas de participar y con poca participación efectiva. Tiene que ver con aquello de las bolas de que hablamos. A veces parece que lo mejor que hoy puede hacer un artista por la cultura es orar para que nuestros funcionarios tengan buenas ideas… o sobarle las bolas, lo que cada cual prefiera. Pero lo que uno quiere es actuar, participar.
Entonces, ¿cuáles son los cambios más importantes en los últimos años?
- Los climáticos. La isla se está calentando.
¿Qué relación has tenido últimamente con la literatura mexicana?
- Un descubrimiento, un reencuentro y una noticia. El descubrimiento, Juan Antonio Parra; el reencuentro, Francisco Hinojosa; la noticia, lo que dicen los amigos de la última novela de Gonzalo Celorio.
¿Dónde te agarró la muerte de Gabriel García Márquez?
- En Ciudad de México. Primero como presagio. Salí a caminar por esas calles del Centro en las que venden libros viejos y veía muchos títulos de Gabo y eso me dejo la certeza, la inquietud, de que su muerte estaba próxima. Y así fue: dos días después llegó la noticia. Estaba en la ciudad que murió.
¿Quién era Gabo para Senel Paz?
- Gabo fue para mí inspiración como escritor, como hombre y como maestro. Debo aclarar que yo no alcancé la categoría de amigo de Gabo, solo tuve muchas oportunidades de estar cerca de él, de auxiliarle en trabajos y de disfrutar de su simpatía Si lo hubiera admirado menos, tal vez hubiera podido conquistar su amistad. Fue mi culpa que no sucediera.
(Tomado de La Jornada)

viernes, 29 de agosto de 2014

Un cronopio de cien años

Solo la poesía destruye la antítesis realidad e irrealidad
José Lezama Lima 

Oliveira no salta chicos, y chicas. Oliveira no salta. Que esa revelación me llegue en el centenario deCortázar no hace más que alimentar mi fascinación compartida con el argentino por esos rebotes del azar, como si corroborara la sensación de vivir en un gran pinball en el que movemos nuestra vida yendo al encuentro de objetos misteriosos que nos dan puntos extras, que nos salvan o joden, y donde evitamos, con toda la habilidad que nuestros dedos corazón e índice nos permiten, dejar caer la vida por el agujero del centro.
Recuerdo que, en mis paseos por el inmenso jardín laberinto que es Rayuela, la duda de si Oliveira era un suicida me carcomía y, confieso, nunca pude librarme de ella, a pesar de todas las pistas luminosas que el autor siembra a nuestro paso.
Poeta frustrado, dibujó un planeta a golpe de cuentos exquisitos, novelas y poesías medianeras y su descomunal poema llamado Rayuela, que se resiste a todas las definiciones porque las incluye y las supera, como esos símbolos del alfabeto japonés que son letra, sonido y palabra a la vez.
Pero —salgamos de la emoción del descubrimiento y digámoslo pronto para no darle vueltas al asunto— el mejor Cortázar no es el de RayuelaRayuela es una imponente catedral, un hermoso monumento al optimismo que se ha convertido en un culto en sí mismo, que en la medida que le ha ganado seguidores ha invisibilizado buena parte del resto de su obra. Y la magia del autor de Historia de famas y cronopios también está diseminada en el resto de su obra.
Hay novelas Cortázar, hay poemas Cortázar, pero hay, por encima de todas las cosas, cuentos Cortázar. Si hiciéramos el fútil ejercicio de simplificación, Cortázar fue, esencialmente, un poeta; algo bastante parecido a esos cronopios suyos, eternos optimistas soñadores de conmovedora alegría y lágrimas naturales; ya sea a través de sus inestables poemas, o sus impecables cuentos. Y es precisamente a través del cuento —ese “caracol del lenguaje”, como él mismo lo llamara— con lo que el argentino se arrima a la poesía.
Con su particular manera de instalarse en el llamado mundo fantástico —a base de fracturas de la realidad de límite sospechoso— narra sucesos que el azar hilvana en misterioso rosario, al mismo tiempo que desmenuza la monotonía e invierte la fórmula garciamarquiana y nos recuerda lo maravilloso de la realidad.
Hay en Cortázar la capacidad de vislumbrar la chispa, y el mensaje dentro de la chispa, como los hechiceros primigenios que se valían de sus artimañas para dominar la aldea. Solo que este hechicero nuestro —más simple, más ingenuo— no gasta su tiempo dándonos lecciones, solo comparte la inquietud de que hay algo más, de que el fuego tiene un secreto descifrable.
Mientras que el lector de Thomas Mann y Lezama Lima es usualmente un lector docto, cuyo trabajo está indisolublemente ligado al mundo literario y que pasa de los treinta, Cortázar —como ese otro maldito imprescindible que responde al nombre de J. D. Salinger— es un autor de juventudes.
El lector de Cortázar es un lector fundamentalmente joven. Rayuela fue un boomerang que le trajo una respuesta asombrosa: esa novela, de más de 600 páginas, repleta de reflexiones metafísicas y citas a filósofos muertos, encontró su público natural entre los jóvenes. Fueron precisamente los jóvenes —estos y los jóvenes de las generaciones sucesivas, hasta hoy— quienes la adoptaron como un documento de fe para esos hombres y mujeres repletos de preguntas que no querían aceptar el mundo que recibían (reciben) en herencia.
Esta relación de los jóvenes con Rayuela no tardó en hacerse extensiva al resto de su obra, hasta convertirlo en un icono de la rebeldía al punto que, mientras los centenarios de Borges, Quiroga, Onetti y Bioy Casares y hasta el próximo del aún vivo Nicanor Parra se celebran sin demasiado sobresalto, como homenajes a seres ecuestres plantados en algún mapa glorioso de la literatura, a muchos nos cuesta imaginarnos a un Cortázar centenario. Quizá sea por la fama tardía que le mereció Rayuela, o por la eterna estampa de juventud que le acompañó mientras envejecía, pero no hay manera de colocarlo —espiritualmente hablando— junto al resto de sus colegas generacionales.
Es por eso que siguen dejando fotos, discos de jazz y dedicatorias en su tumba de Montparnasse; es por eso que sigue turbándonos a la vuelta de tantos años; es por eso que fragmentos suyos navegan multiplicados en forma de tweets y posts de Facebook. Donde muchos ven una fácil degradación de la cita, un corte y pega intelectual de escaso calado, hay en realidad una callejuela que conduce a la infancia, a una rayuela deslavada en la que se juega infinitamente con la esperanza de alcanzar el cielo.
(Tomado de Cubahora)

miércoles, 6 de agosto de 2014

Ofrecimiento






Por Jaime Jaramillo Escobar (prólogo de su libro Los poemas de la ofensa)

Por su condición de laberinto, un libro es la mejor trampa que existe para cazar espíritus. El juego de
atraparse unos a otros es la literatura.
No se adaptó mi espíritu a la simpleza normativa de la línea recta y por eso no seguí una. Todas las
líneas rectas se entrecruzan estorbándose y no vi claridad en ello. Cuatro vidas rectas componen un
asterisco. Me parecía simpático. Lo simpático nunca me ha simpatizado.
El hombre nació errante. Si la especie se hubiera desplazado en línea recta, hubiera ido a parar al mar.
No me gusta ahogarme. He ido de un lado a otro porque ese es el destino natural. Y les he arrojado piedras
a los que van en línea recta. Bien se dice que la línea recta es el camino más corto entre la vida y la muerte.
La errancia es la única forma de despistar al tiempo. Meter al tiempo en el laberinto de nuestra errancia. A
eso lo llamaba Carlos Castro Saavedra jugar con el gato.
De aquí y de allá, de todas partes fueron tomados estos poemas, que se sustraen a la línea recta. ¡Tan
aburrida la línea recta, que ni a los aviones les gusta! La línea recta, a poco andar se curva. Es la forma más
rápida del engaño y la siguen los compulsivos, los azuzados, los que aspiran a llegar pronto. Me demoro en
el camino, me resisto a llegar, porque ya sé lo que hay allá. Mi amigo DARÍO JARAMILLO AGUDELO (con él la
prudencia y la fortuna) tuvo el valor de mandar su pie derecho a explorar. Por lo tanto él sabe más que yo.
Le ofrezco este libro en reverencia, admiración y reconocimiento, y con honor.
 Medellín, 1991

domingo, 3 de agosto de 2014

J. K., lejos de la comparsa

José Kozer. Foto: Fotograma de la entrevista Me, Japanese
por Gerardo Fernández Fe
Víctima de su vehemencia, en 1893 José Martí comete el desatino de justificar la mediocridad de ciertos poetas a partir de su entereza y su disposición para la guerra. "Su literatura no estaba en lo que escribían, sino en lo que hacían. Rimaban mal, a veces, pero solo pedantes y bribones se lo echarán en cara porque morían bien", escribe en su prólogo a Los poetas de la guerra.
De manera que "morir bien" ya enaltecía sus peregrinos papeles, pues la poesía se encontraba definitivamente en el comportamiento agonístico y en el ethos inclaudicable del guerrero/poeta, y pasaba incluso hacia aquellos que jamás habían tomado la pluma para escribir un verso. Martí veía un "sublime dístico" en dos hombres comunes que caían al unísono, superados por el enemigo. De luchadores a mártires, y de ahí a verso encarnado.
Este modo de entender la poesía, hiperbolizando no el resultado sino la intención, desemboca en el aligeramiento del acto poético, en su trasvase hacia el enaltecimiento de la virtud guerrera. "La poesía escrita —sentencia Martí— es de grado inferior a la virtud que la promueve".
Cien años antes de este gesto romántico, la Revolución Francesa ya había apologizado la poesía de los sans-culottes, y como acto supremo había instaurado un nuevo calendario plagado de hermosuras poéticas. Fue Fabre d'Églantine, un poeta más que mediano, de esos que se apegan al Poder, quien apareó vida práctica y belleza: vendimiario, nivoso, floreal, termidor…
Imagino que en otras tradiciones letradas haya ocurrido lo mismo, pero nuestro caso es singular. La imagen homérica de los guerreros que vienen de la guerra entonando poemas hechos música cogió cuerpo a partir de enero de 1959, y desde entonces ha contribuido sobremanera al kitsch nacional: en La Habana, en Miami, ¡donde quiera! En el sonsonete de una pionerita inflamada, en los versos de un espía que cumple su condena o en el obituario de un periódico del exilio.
Desde entonces, como se escucha por doquier, la poesía está en la calle: en la belleza de una barricada en París, en el "sublime dístico" de Martí, y hasta en la recolección de cien quintales de tomate en una mañana de verano. ¡La poesía partout! ¡Everywhere!
Pobre de ella, la poesía; todos piensan que la tienen a mano. Siempre me he preguntado por qué a nadie se le ocurre, sin haber pasado años a la sombra de uno o de varios maestros, agarrar un trozo de piedra de tres metros de alto para convertirlo en escultura decente; como mismo a ningún ser de a pie le pasa por la cabeza escriturar de la noche a la mañana los miles de acordes de una obra sinfónica. No pueden, simplemente no pueden.
Sin embargo, basta una puesta de sol o el pulso cardíaco un tanto por encima de lo normal, para que optemos por la hoja, el lápiz y el hermoso verso. Bienvenido, Facebook, que todo lo contienes y que has realimentado este acto retorcido. ¿Acaso no somos todos poetas? ¡Mostrémonos, pues!
Con estos fantasmas he salido de la primera lectura de poesía de José Kozer a la que yo haya asistido, y ellos mismos han seguido hablándome al oído mientras recorro las más de 350 páginas de Acta est fabula, una cuidada antología que en 2013, desde México, publicara Fondo de Cultura Económica.
Sobre los poetas de la guerra, Martí había elogiado que "el acento, cauto o arrebatado, [estuviera] en los cascos de la caballería". Pero José Kozer felizmente nunca fue a la guerra; su caballería, si acaso, es mental, del imaginario. Aunque su acento, arrebatado o cauto, según el momento, sí sabe distinguirse como pocos del resto de la tropa.
Eso de acento nos lleva incorregiblemente al tema del sonido. Se ha hablado, las más de las veces, de las huellas hebreas en la poesía de José Kozer, del hálito budista zen en otras zonas de su imaginario; se ha escrito sobre lo sucio, sobre su filiación neobarroca, sobre su afán de taquígrafo, su efusivo furor de escritura... Quiero detenerme, sin embargo, en el poeta corifeo.
No todos los buenos poetas son vectores de sonidos. Habría que consultar con los archivos sonoros sobre la voz y el tempo de Ezra Pound o de Wallace Stevens. Yo, que escuché a Edoardo Sanguineti en Medellín, en junio de 1998, sé de lo melodioso de aquella lengua que me es ajena, en boca de un poeta de versos desmantelados e irreverentes como el italiano, para asombro de las encopetadas damas que fueron a escucharlo.
Durante años, José Kozer también ha tenido que medrar a la par de esos lectores que, encopetados o no, no han podido entender su idea de la poesía, no la han disfrutado, han huido espantados ante el regreso eficaz y sin azucaramientos del cardenillo, la malaquita y el agua de manzanilla con la que la madre se refrescaba la vista.
En algún momento he escuchado apelar a la supuesta incomprensibilidad de su poesía. ¿Rareza de qué?, agrego. ¿O para quién? ¡Pero si en el fondo la obra en pleno de José Kozer no es más que un acto de historia personal! ¿Acaso exista algún texto que no abunde en la mesa frugal, en Guadalupe, en el padre judío, en el espejo del botiquín —"otra palabra en desuso"— del cuarto de baño en Forest Hills o en "el ojo mental del laurel de Indias"?
Ah, eso sí, sin lloriqueos, sin golpes en el pecho. "Fui liberado del cáncer del lirismo, y tú operaste, muy a tiempo", agradece Flaubert en carta a Maxime Du-Camp, quien le había aconsejado abandonar la primera versión de su Tentación de San Antonio para buscar un tema más apegado a nuestra naturaleza pedestre. De ahí Madame Bovary.
La poesía, entre otras cosas, debe ser también sorpresa.
Salgo de aquella lectura pública y vuelvo a pensar en la triste ansiedad de tantos hacedores de versos, tan carentes de un espejo donde mirar, desde otro ángulo, lo que como poesía producen. Y mientras me largo, empiezo a pergeñar esta especie de filípica. Pienso además en un Kozer rítmico.
Tras la arquitectura más que vertical, delgada, de muchos de estos poemas, resulta llamativo detectar un inusitado ritmo. En medio de aquel recital, en más de una ocasión me descubrí a mí mismo tamborileando con dos dedos encima del propio pulgar, como un trompetista que estudia en silencio, en medio de un autobús, los espacios de tinta de una partitura.
Es este uno de esos poetas que hay que escuchar: las inflexiones de su voz, sus pausas maliciosas, el dedo índice, afilado, de la mano derecha, trazando filigranas en el aire. Que escuche y disfrute quien tenga oídos —a fin de cuentas, basta de pensar la poesía como un bien para todos—, pues estamos ante un medular poeta de lo sonoro.
Quiero pensar en este José Kozer sónico junto a José Lezama Lima, Gastón Baquero y Nicolás Guillén, otros tres poetas muy disímiles entre sí, distantes, por qué no, pero apegados al tañido de una vihuela, a la voz de fondo, al sonido de la rueca.
Y tras sus pasos, por encima de tanto tartufo sin vértigo que por ahí gusta de exhibirse, una avanzadilla de poetas sustanciosos que no deberían nunca  escapársenos: Néstor Díaz de Villegas y Rolando Sánchez Mejías, Carlos Augusto Alfonso y Juan Carlos Flores, Rolando Jorge, Joaquín Badajoz y Waldo Pérez Cino, Pablo de Cuba y Javier Marimón, Oscar Cruz y José Ramón Sánchez. A algunos de estos no hace falta siquiera escucharlos para constatar que se trata de escritores que cascan el lenguaje poético que la Doxa instituyera hace siglos, y que con cada crujido generan un sonido irregular, alarmante, llamativo, obsceno. Son poetas que suenan; y suenan bien, lejos de la comparsa.
Pero para esto hace falta oído, buena lectura, trabajo, distanciamiento, y una especie de viaje en el que, ¡nada más cierto!, no todos podemos enrolarnos; "un largo y limpio viaje para no pudrirme —como hace años sentenció en sereno poema Emilio García Montiel— como veía pudrirse los versos ajenos en la noria falaz de las palabras".
(Tomado de Diario de Cuba)

sábado, 31 de mayo de 2014

Belleza

Busqué este texto luego de un comentario que me dejara en Facebook Rosa Muñoz, a propósito de un chiste que no le hizo demasiada gracia. Para ella vayan, pues, las palabras de Carlos Fuentes, que hago mías.


Foto: Anastasia Pottinger


por Carlos Fuentes


La muerte, gran madrina de Eros, es vencida y justificada, a un tiempo, por la reunión con el ser amado que ya no está a nuestro lado, rompiendo el gran pacto de la pasión: siempre unidos, hasta la muerte, tú y yo, inseparables.
Pero existe también —siempre ha existido— una belleza de lo horrible.

La terrible y hermosa advertencia de la poesía barroca española es que el alma «su cuerpo dejará», escribe Quevedo, mas «no su cuidado; serán ceniza, mas tendrá sentido; polvo serán, mas polvo enamorado». Prever la muerte del cuerpo no lo priva de su presencia, la acentúa pero no nos exime de presentarle, en vida, el cuerpo al alma y el alma al cuerpo, preguntándose: «¿Somos uno? ¿Somos armónicos?»

¿Depende la armonía del cuerpo y alma del ideal de belleza que distintas culturas y distintos tiempos nos han presentado? A Rubens le gustaban gordas y a Modigliani flacas y el ideal límpido de Botticelli no es el antiideal malsano de Schiele. Sin embargo, de nuestro concepto de la belleza depende nuestra elección de la belleza. ¿Por qué un cuerpo es bello y otro no? Nos gusta lo que se parece a nuestro ideal. Una maravillosa modelo de la moda actual pasaría por una tísica a los ojos del siglo XIX. Cindy Crawford sería una moribunda en el harén de Delacroix.

Hace poco, la novelista chilena Marcela Serrano atribuía a la mujer moderna la capacidad de cambiar de piel como las serpientes, liberándose de fatalidades y servidumbres añejas. El símbolo de la piel renovada me remite, mediante la concepción de Marcela Serrano, nuevamente a la disociación o armonía entre cuerpo y alma. ¿Por qué un cuerpo es bello y otro no? ¿Por qué hablamos de almas bellas y cuerpos feos, o de cuerpos hermosos y almas horrendas? La desarmonía existe, sin duda. Lo que nunca falta es la forma que tanto la armonía como la desarmonía pueden y deben asumir. ¿Qué representaba la decapitada y deshumanizada diosa Coatlicue para los aztecas? Quizás que una divinidad demanda inhumanidad. Pero, ¿no son tan lejanas como la Coatlicue las bellísimas actrices de la pantalla o «las mujeres que pasan por la Quinta Avenida, tan cerca de mis ojos, tan lejos de mi vida», del poeta mexicano Tablada?

Un artista sabe que no hay belleza sin forma pero también que la forma de la belleza depende del ideal de una cultura. El artista trasciende —parcial y momentáneamente— el dilema, añadiendo un factor: no hay belleza sin mirada. Es natural que un artista privilegie a la mirada. Pero un gran artista nos invita no sólo a mirar sino a imaginar. La forma femenina como forma de belleza es también objeto de sensualidad olfativa (el «odor di femmina» de Don Giovanni), de sensualidad aural (Coya y Buñuel y Beethoven sordos tienen que imaginar las voces del cuerpo) y, en suma, de sensualidad imaginativa. (Proust y Catulo celosos, Romeo y Quijote separados de Julieta y Dulcinea, Samsa transformado en insecto, imaginan otro cuerpo perdido o deseado.)

Pobre sería el arte de la belleza visual si excluyese la prolongación de la mirada en lo táctil, lo auditivo, lo olfativo, lo «gostoso», como dicen los lusoparlantes. Y es que los seres humanos deseamos un placer infinito que abarque todos nuestros sentidos. Pero no nos contentamos con ello. Deseamos siempre algo más, algo que quizás ni siquiera sepamos concebir, pero que nuestra imaginación y nuestros sentidos buscan, exigen, imaginan aunque ni siquiera lo conciban. «Oh inteligencia, soledad en llamas, que todo lo concibe sin crearlo.» Esta profunda intuición de José Gorostiza en el más grande poema mexicano del siglo XX, le da palabras al gran dilema de la residencia en la tierra: Desear una satisfacción infinita, pero que al mismo tiempo sea temporal, un aquí y un ahora.


La belleza entrega su cuerpo no para decirnos que nos contentemos con lo que el mundo nos da, no para limitar nuestro deseo y pedirnos una conformidad cualquiera, sino para hacernos el regalo de un cuerpo presente, un cuerpo aquí y ahora que no sacrifica, sin embargo, ninguna de sus posibilidades, ninguno de sus puede y ninguno de sus nunca. En el arte se encuentran, para quien sepa mirar, el ideal del cuerpo y su negación; la armonía del cuerpo con el alma pero también su posible desarmonía; la presencia del cuerpo pero también su inevitable ausencia; su placer pero también su dolor.

FUENTES, Carlos. (2002). En esto creo. Barelona: Editorial Seix Barral Biblioteca Breve.

lunes, 12 de mayo de 2014

Los vagabundos de la ciudad de cristal


Ayer, mientras leía esto, recordaba a Abel y sus homeless miamenses. Auster, tal y como sospechaba sucedería, me tiene atenazado de la garganta. Y no me suelta.


      "Hoy, como nunca antes: los vagabundos, los desarrapados, las mujeres con las bolsas, los marginados y los borrachos. Van desde los simplemente menesterosos hasta los absolutamente miserables. Dondequiera que mires, allí están, en los barrios buenos como en los malos.
    "Algunos mendigan con una apariencia de orgullo. Dame ese dinero, parecen decir, y pronto volveré a estar entre vosotros, yendo y viniendo apresuradamente en mi rutina cotidiana. Otros han renunciado a la esperanza de salir algún día de su marginalidad. Están ahí despatarrados sobre la acera con un sombrero, una taza o una caja, sin molestarse siquiera en mirar al transeúnte, demasiado derrotados como para dar las gracias a quienes dejan caer una moneda ante ellos. Otros tratan por lo menos de trabajar para ganarse el dinero que les dan: el ciego vendedor de lápices, el borracho que te lava el parabrisas del coche. Algunos cuentan historias, generalmente trágicos relatos de su propia vida, como para dar a sus benefactores algo a cambio de su bondad, aunque sean sólo palabras.
"Otros tienen verdadero talento. Por ejemplo, el viejo negro de hoy que bailaba claqué mientras hacía malabarismos con cigarrillos, aún digno, claramente en otro tiempo un artista de variedades, vestido con un traje morado, una camisa verde y una corbata amarilla, la boca fija en una sonrisa teatral a medias recordada. También están los que hacen dibujos con tizas en la acera y los músicos: saxofonistas, guitarristas, violinistas. Ocasionalmente, incluso te encuentras con un genio, como me ha ocurrido a mí hoy:
"Un clarinetista de edad indefinida, con un sombrero que le oscurecía la cara, sentado en la acera con las piernas cruzadas a la manera de un encantador de serpientes. Justo delante de él había dos monos de cuerda, uno con una pandereta y el otro con un tambor. Mientras uno sacudía y el otro golpeaba, marcando un extraño y preciso ritmo, el hombre improvisaba infinitas y minúsculas variaciones con su instrumento, balanceando el cuerpo rígidamente hacia adelante y hacia atrás, imitando enérgicamente el ritmo de los monos. Tocaba con garbo y elegancia, vivas y ondulantes figuras en tono menor, como si estuviera contento de encontrarse allí con sus amigos mecánicos, encerrado en el universo que él mismo había creado, sin levantar los ojos ni una sola vez. Seguía y seguía, al final siempre lo mismo, y sin embargo cuanto más le escuchaba más me costaba marcharme.
   "Estar dentro de esa música, ser atraído al circulo de sus repeticiones: quizá ése sea un lugar donde uno pueda al fin desaparecer.
   "Pero los mendigos y los artistas constituyen sólo una pequeña parte de la población vagabunda. Son la aristocracia, la élite de los caídos. Mucho más numerosos son quienes no tienen nada que hacer, ningún sitio adonde ir. Muchos son borrachos, pero ese término no hace justicia a la devastación que encarnan. Sacos de desesperación, cubiertos de harapos, las caras magulladas y sangrantes, avanzan por las calles arrastrando los pies como si llevaran cadenas. Dormidos en las puertas, tambaleándose entre el tráfico, derrumbados en las aceras, parecen estar por todas partes en el momento en que los buscas. Algunos morirán de inanición, otros morirán de frío, otros serán apaleados, quemados o torturados.
   "Por cada alma perdida en ese infierno particular, hay varias otras encerradas en la locura, incapaces de salir al mundo que se halla al otro lado de sus cuerpos. Aunque parecen estar ahí, no se puede contar con que estén presentes. Por ejemplo, el hombre que va a todas partes con un juego de palillos de tambor, aporreando la acera con ellos a un ritmo precipitado y desatinado, incómodamente encorvado mientras avanza por la calle golpeando insistentemente el cemento. Quizá piensa que está haciendo algo importante. Quizá, si no hiciera lo que hace, la ciudad se vendría abajo. Quizá la luna se saldría de su órbita y se estrellaría contra la tierra. Hay quienes hablan solos, quienes mascullan, quienes gritan, quienes maldicen, quienes gimen, quienes se cuentan historias a sí mismos como si lo hicieran a otra persona. Como el hombre que he visto hoy, sentado como un montón de basura, enfrente de la estación Grand Central, diciendo en voz alta y aterrada mientras la multitud pasaba apresuradamente a su lado: «Tercero de infantería de marina… comiendo abejas… las abejas me salían por la boca.» O la mujer que le gritaba a un compañero invisible: «¡Y qué pasa si no quiero! ¡Y qué pasa si no me da la real gana!»
   "Hay mujeres con bolsas de plástico y hombres con cajas de cartón, que cargan con sus pertenencias de un sitio a otro, siempre en movimiento, como si importara dónde estuvieran. Hay un hombre envuelto en la bandera americana. Hay una mujer con una máscara de carnaval en la cara. Hay un hombre con un abrigo andrajoso, los pies envueltos en trapos, que lleva en la mano una percha con una camisa blanca perfectamente planchada, aún enfundada en el plástico de la tintorería. Hay un hombre con traje de ejecutivo, los pies descalzos y un casco de fútbol americano en la cabeza. Hay una mujer cuya ropa está cubierta de los pies a la cabeza de chapas de campaña presidencial. Hay un hombre que camina con la cara entre las manos, llorando histéricamente y repitiendo una y otra vez: «No, no, no. Él ha muerto. Él no ha muerto. No, no, no. Él ha muerto. Él no ha muerto.
   "Baudelaire: Il me semble que je serais toujours bien là oú je ne suis pas. En otras palabras: me parece que siempre seré feliz allí donde no estoy. O, más directamente: dondequiera que no estoy es donde soy yo mismo. O bien, cogiendo el toro por los cuernos: en cualquier parte fuera del mundo."

viernes, 9 de mayo de 2014

Instrucciones para cruzar la vía (#ViernesDePoesía)


Destesto las intersecciones, esas múltiples posibilidades de la muerte en cada esquina, pero no hay otra manera de vivir que no sea cruzando miedos (a veces con tan poca suerte que uno se descubre exitoso ante de los treinta o baldeando el piso con las mismas palabras después de medio siglo), no hay otro modo de sobrevivir que no implique besar ciertas estatuas, atrapar ciertas liebres, soñar ciertas pesadillas; pequeñas y necesarias maneras de combatir la suerte. Pero de qué vida estamos hablando si no metemos la cabeza bajo el agua.

Lo que importa, lo que verdaderamente importa, es patear la piedra, es no dejarla quieta ni un instante, desmenuzarla hasta convertirla en guijarros que podamos almacenar en los bolsillos, guijarros que estratégicamente dejados en ciertos lados del camino nos salven del abismo.

Y mirar a los lados. Y no dejar que el inevitable choque –siempre hay un inevitable choque- nos aplaste.